Biblioteca Nacional “José Martí”
El surgimiento de la Biblioteca Nacional de Cuba, en 1901, fue consecuencia de dos intereses diferentes. Por una parte, estaba la tradición cubana de bibliotecas privadas y públicas. Se sabe de importantes colecciones privadas existentes desde el siglo XVII como la del presbítero Nicolás Estévez Borges (2 000 volúmenes), deán de la Catedral de Cuba. A finales del siglo XVIII, con el fin de desarrollar los estudios que se impartían, surgió una pequeña biblioteca en el Real y Conciliar Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Lo importante de la misma es que, por prescripción estatutaria, los profesores del Seminario estaban obligados a escribir los libros de texto de las asignaturas que impartían. Gracias a ello, nos han llegado los textos de Filosofía Electiva de José Agustín Caballero y las Lecciones de Filosofía de Félix Varela, nuestros primeros filósofos y científicos cuyas primeras ediciones atesora la Biblioteca Nacional. Tres años antes de que concluyera el Siglo de las Luces se crea en la recién constituida Sociedad Económica de Amigos del País la biblioteca pública de la institución, la más antigua de Cuba y que, para comienzos del siglo XX, ya atesoraba 41 487 volúmenes.
Las más destacadas personalidades del mundo científico e intelectual cubano, casi todas pertenecientes a la más alta aristocracia azucarera del país, desarrollaron, durante el Siglo decimonónico, importantes bibliotecas particulares entre las que se destacaron las de Francisco de Arango y Parreño, Nicolás Calvo y O’Farril, Antonio Bachiller y Morales, Domingo del Monte, Vidal Morales y Morales, José Silverio Jorrín, Néstor Ponce de León, Domingo Figuerola Caneda, entre otros. Lo que hace valiosas a estas colecciones es que sus volúmenes fueron editados por prestigiosas casas editoriales europeas, norteamérica y cubanas en lujosas y artísticas encuadernaciones y cuidadas ediciones; a la vez, constituyen piezas excepcionales de la producción científica e intelectual mundial y cubana. El interés por la lectura y el libro era evidente en diversas clases y sectores sociales a finales del siglo XIX. Durante las tres últimas décadas, como consecuencia del surgimiento de sociedades culturales, de recreación y del trabajo de algunas logias masónicas, comenzaron a crearse bibliotecas públicas de muy escasos recursos. Así, al terminar la centuria decimonónica, existía un consenso generalizado sobre la necesidad de desarrollar las bibliotecas como el símbolo más evidente y la expresión más genuina de la cultura científica y literaria que alcanzara cada comunidad.
Por otra parte, la no existencia de una biblioteca nacional hasta 1901 tenía, como origen, la inexistencia del estado nacional y la condición colonial de Cuba. Desde 1899, ya se observa el interés porque, entre las nuevas instituciones que debían nacer con el estado cubano estuviese la Biblioteca y el Archivo nacionales.
La Biblioteca Nacional de Cuba fue creada el 18 de octubre de 1901, mediante la ley militar No. 234 del Gobierno Interventor norteamericano en el cual se nombraba a su primer director. Su original ubicación estuvo en un salón de 30 x 7.5 metros, en el Castillo de la Fuerza, donde radicaba el Archivo General. Sus primeros libros los donó su primer director, Don Domingo Figuerola Caneda, y consistió en su colección personal de 3 000 volúmenes. A partir de ese momento, lo más granado de la intelectualidad cubana, concientes del valor de la nueva institución, comenzó a entregar en donación sus colecciones particulares. Este es el origen de valiosos fondos como los de Antonio Bachiller y Morales, Francisco Sellén y Manuel Pérez Beato. Poco después, en julio de 1902, la institución recién creada es trasladada a los altos de la antigua Maestranza de Artillería.
En 1909, la Sra. Pilar Arazosa de Muller dona una pequeña imprenta que permitirá comenzar a editar los primeros números de la Revista de la Biblioteca Nacional, fundada por Domingo Figuerola Caneda, quién dirigió la institución hasta 1920.
Según el testimonio de Francisco de Paula Coronado, segundo director de la Biblioteca Nacional, en 1929 las estanterías de la Biblioteca Nacional fueron trasladadas al Capitolio Nacional, entonces en construcción. Los libros se colocaron en cajas y se trasladaron a una nave del viejo Presidio, en la calle Prado. Un incendio que allí se produjo destruyó importantes documentos y libros. Otras obras que no cupieron en las cajas, quedaron amontonadas en los rincones a expensas de los daños que producen el polvo y la humedad. La situación de la Biblioteca Nacional, llegó a tal grado de deterioro debido a la desidia de los gobiernos de la época. Ello provoca que el destacado historiador de la ciudad de La Habana, Emilio Roig de Leuchsenring, funde en 1936, la Sociedad Amigos de la Biblioteca Nacional. Por medio de la misma denunció el caos educativo y cultural que vivía Cuba y, en especial, su máxima institución bibliotecaria. Este movimiento unió a lo más granado de la intelectualidad cubana por no sólo salvar la Biblioteca Nacional, sino también, por dignificarla y desarrollarla como institución insignia de la cultura nacional.
En 1938, después de una fuerte represión contra el movimiento progresista cubano, el jefe de la Policía Nacional, José Eleuterio Pedraza, traslada otra vez la Biblioteca Nacional hacia el Castillo de la Fuerza. Como consecuencia de la forma precipitada y poco cuidadosa en que se realizó la mudanza, se incrementaron los daños y fueron aún más seriamente afectados los fondos de la institución.
Con el propósito de reorganizar la Biblioteca, se nombró asesor técnico de la institución a una de las figuras más reconocidas de la intelectualidad cubana de la época, José Antonio Ramos. El mismo se responsabilizó con la catalogación y clasificación de los fondos existentes. Ramos es quien suprime la anterior clasificación de la Biblioteca por la llamada decimal, con las modificaciones de Bruselas y otras de su propia creación. Gracias a las gestiones de Ramos, se producen varios acontecimientos que serán trascendentes en la historia de la Biblioteca Nacional: se crea la Junta de Patronos que promueven el desarrollo institucional tanto en la adquisición de libros como de financiamiento para el mejoramiento de la institución. El 21 de marzo de 1941, al amparo de la constitución de 1940, se promulga la Ley No. 20, mediante la cual el estado cubano determina el destino de lo recaudado en la zafra de 1941. En su artículo 21, la ley establece un impuesto de medio centavo sobre cada saco de azúcar de 325 libras. El importe de esta recaudación sería entregado a la Junta de Patronos para que se encargara de la compra del terreno y la construcción de un edificio destinado a la Biblioteca Nacional y al cual debía dotarse de las estanterías, muebles y talleres necesarios.
Pese a las dificultades que enfrentaba la Institución, lo más destacado de esta época es el desarrollo de sus colecciones con importantes donativos, la presencia de su Revista dentro del marco cultural cubano y, particularmente, el esfuerzo de los más prestigiosos intelectuales de la época para que en todo proyecto cultural relevante estuviese presente la Biblioteca Nacional. Para inicios de la década de los 50 ya la institución era poseedora de uno de los más importantes fondos bibliográficos y documentales del país. No debemos olvidar, que la preservación y cuidado de estos fondos, estuvieron siempre a cargo de un meritorio número de bibliotecarios que de manera callada, desapercibida, mal remunerada y no muchas veces reconocida, dieron lo mejor de sí en este empeño.

Nota: Para más información…
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